Un monje en Colonia, hace setecientos años, dijo que hay una chispa en el alma que proviene directamente de Dios y que no puede ser extinguida por nada excepto por el alma que se aleja de ella. La llamó el Funkelein. Un zapatero en Görlitz vio la misma chispa en un plato de estaño trescientos años después. Un hombre en Roma la vio difundida a lo largo del cosmos y fue quemado por decirlo. Tres hombres. Tres siglos. Tres superficies. La misma chispa. No le importa lo que golpee. Le importa si estabas mirando.